Publicaciones Casa de la Cultura Ecuatoriana

Recuerdos Callejeros

Cuando Guillermo Muriel no se hallaba observando la vida rural del páramo o de los pescadores costeros, se encontraba recorriendo cada mañana las calles del Quito colonial, volviéndose así el etnógrafo artístico del pueblo ecuatoriano. Sí, desde hace más de sesenta años, la calle es el mundo de Muriel. Él lo ha visto todo del Quito histórico y ha dibujado cada uno de esos detalles cotidianos que constituyen la base social de esta ciudad: la vendedora de suerte, el coche de madera, el político arrogante, la procesión de Semana Santa, la comparsa de carnaval, el pobre lisiado, los músicos indígenas, los niños y sus cometas, etc. Todos están aquí. No existe un solo libro de historiador, un solo catálogo fotográfico de periodista, un solo documental de director que nos devuelva con comparable delicadeza y precisión tal intimidad del diario vivir del último medio siglo de Quito como también de Ecuador. Gracias a este artista tan particular, el país puede ahora disfrutar de un panorama extraordinario y original de su historia.

 

Este libro es una selección bastante parcial de los trazos de Guillermo Muriel. Son únicamente unos ciento treinta dibujos en blanco y negro los que presentamos en esta selección. Sin embargo, en ella encontraremos al menos un recuerdo del Quito que él ama. La primera parte nos da una muestra de casas y calles; la segunda se centra en la gente y la última son escenas varias. Entregamos un testimonio profundamente íntimo, emocional, político, crítico, irónico e irrespetuoso del cotidiano quiteño que nunca antes fuera divulgado. Después de medio siglo de anonimato voluntario, uno de los más prominentes artistas ecuatorianos se revela. Y en vista de que este 'drôle de bonhomme' no sabe hacer las cosas como cualquier otro, ahora ha decidido enseñar su obra escondida en un cuadernillo que se abre como un abanico de algunas obras extraídas de su innumerable reserva. ; Que el tan atractivo Quito popular, sobreviva a través de esta crónica artística única I

                                                                                                                                                                             Stéphen Rostain

[Colección: Varios - Materia: Arte - Libro - Formato: 20 x 20 - ISBN: 9789978627679 - Fecha: 2014/08 - Páginas: 131 - Precio: 10 - Editorial: Pedro Jorge Vera - Sede Nacional]


Guillermo Muriel

Enfrentarse a la obra de Guillermo Muriel es, por donde se lo mire, un maravilloso pero a la vez angustiante desafío. Centenas de cuadros. Miles de dibujos. Todas las técnicas. Todos los formatos (incluidos los sin-formato). Desde el revés de una mínima tarjeta de presentación hasta más allá –literalmente– de los límites concedidos por el lienzo. Desde el trazo del bolígrafo titubeante en un trozo de papel hasta el brochazo firme cargado de energía –a veces rabia– sobre el muro. Y en medio: todas las intencionalidades imaginables, todos los sentidos posibles; infinidad de temáticas, diferentes, provocadoras, nuevas. En definitiva, toda la búsqueda. Lo que es capaz de concebir y plasmar un artista cabal, en más de siete décadas de honesta e incesante creación.

Mirar su obra es casi como volver atrás en el tiempo de la vida cotidiana del Ecuador pasado. A través de ella nos devela su visión del vendedor de la suerte y sus pájaros, de la omnipresencia militar de los generales, de las recurrentes procesiones religiosas, de la sempiterna trinidad: políticos/militares/religiosos, de las fiestas populares excesivas, de la labor extenuante de los obreros, campesinos o estibadores, así como de los extraños ballets entre caballos y toros del campo. Observador fanático de sus contemporáneos, contestatario, revolucionario y sarcástico, Guillermo Muriel es además testigo valioso y modesto de más de medio siglo de historia del pueblo ecuatoriano.

Salió de su ciudad natal Riobamba, al pie del majestuoso Chimborazo, a devorar el mundo, armado con lápices y pinceles. Desde su adolescencia, nunca dejó de atrapar la esencia de su país en sus papeles. Mientras la guerra acechaba en Europa, él recorría los pequeños pueblos costeros, de Babahoyo a Esmeraldas, dando cuenta de la condición humana de los últimos trabajadores del cacao, cuya causa defendió en decenas de croquis y proyectos murales. Fue en efecto un gran admirador de Diego Rivera a quien rindió homenaje a través de notables proyectos de frescos gigantes, que dibujó con esmerada meticulosidad en minúsculos pedazos de papel, demostrando de esta manera que se pueden hacer miniaturas pensando ‘en grande’. Fueron años de minúsculos y otros géneros.

O deberíamos más bien decir ‘todos los géneros’, pues Muriel prueba un sinnúmero de técnicas y estilos a lo largo de toda su vida, ya que jamás este eterno estudiante del arte dejó de buscar nuevas formas de expresión. ¿Cuántos artistas mantienen hasta el final la capacidad de maravillarse infantilmente frente a una línea suave o un delicado color? Incluso hoy, en vísperas de sus noventa años, continúa extasiándose frente a un garabato de niño o una línea de horizonte sutilmente aclarada por una caída del sol.

De esta manera Guillermo Muriel pasa su vida de artista en una desenfrenada búsqueda de contornos y colores. Lápiz, marcador, bolígrafo, tiza, carboncillo, óleo, acuarela, acrílico, todo es válido para colorear toneladas de papel. Se percibe en él casi un rechazo enfermizo a la hoja en blanco, comparable a la milenaria actitud de los pueblos nativos de América del Sur que no resisten el vacío en sus cerámicas, tejidos, maderas o casas, llenándolos siempre de diseños pintados o grabados. Más aún, cuando no dispone de papel, Muriel recupera cartones, sobres, invitaciones, facturas y hasta tiquetes de espectáculo, para plasmar su incontenible creatividad gráfica.

Toda su carrera está marcada por un frenetismo creador donde algunos de los temas que más aprecia vuelven de forma recurrente, nunca repetida: las Tres Gracias, los músicos dormidos, las vísperas pirotécnicas en la Plaza de San Francisco, los carros alegóricos, las fiestas campesinas de la sierra, las nubes, la represión militar, Esmeraldas, etc. A propósito de esta ciudad a la que quiere de forma particular –tal vez porque allí halló al amor de su vida, Lilia, su esposa–, la representa un incalculable número de veces desde que supo cómo sostener un lápiz entre sus dedos. Si bien el tema está claro en la mente del autor, parece sin embargo permanentemente insatisfecho con el tratamiento logrado. Esta permanente búsqueda de ‘lo bello’ es, según nuestra manera de pensar, la marca de fábrica y al parecer, la cualidad (o defecto) más elegante de Guillermo Muriel. Allí, en donde Picasso se detuvo en un fructífero período azul, o Dalí, en un onirismo rentable, el pintor ecuatoriano se aventura hacia nuevos territorios estéticos tras vibraciones renovadas.

Esta insaciable obsesión de un Grial artístico proviene de un temperamento poderoso en un hombre insatisfecho, apóstol de una justicia social y humana. Seamos honestos: Muriel es un fanático. En primer lugar, persigue el último cuadro durante más de tres cuartos de siglo.

En segundo lugar, es un humanista misántropo cuyo mayor deseo es la igualdad social. En tercer lugar, es un solitario enamorado de la humanidad. Su compromiso político extremo durante los años de la dictadura, a riesgo de su vida, es una prueba incontestable de su entrega por la causa de un mundo mejor.

Sí, se trata de fanatismo tanto artístico como político, pero qué admirable grandeza de espíritu. ¿Cómo era posible para este libertario aceptar el absolutismo impuesto por un estado totalitario a través de una bienal oficial de arte? Así, con siete compañeros, se lanza en 1968 a la realización de una Antibienal cuyo éxito sobrepasa a aquel de la bienal oficial. Este grupo de artistas de vanguardia, que se autodenominan VAN, representa de manera brillante una suerte de resistencia estética a la dictadura, marcando de manera indeleble y para siempre la historia del arte ecuatoriano.

Este pintor comprometido lo es también en la concepción de su actividad: cuatrocientos cuadros de gran formato, cerca de cincuenta mil dibujos, casi ninguno exhibido públicamente. Se trata, en efecto, de un creador que produce su obra para sí mismo, sin necesidad de reconocimiento, mucho menos de interés económico. (“Lo hago porque me gusta”). Tal tipo de artistas es hoy en día escaso, cuando la necesidad de reconocimiento a menudo va más allá de las verdaderas cualidades del individuo. Perteneciente a esta admirable y restringida tribu de personajes que producen arte por placer, Guillermo Muriel va desde siempre detrás de lo absoluto, de un arte que se baste a sí mismo. Es parte de esos genios maltratados que en su momento marcaron la historia: un Galileo preconizando la rotación de la tierra frente a una cohorte de sabios incrédulos, oficiales y sin embargo errados; un Colón testarudo que busca una tierra occidental afrontando una Edad Media oscura y refractaria; un Quijote que combatió la dictadura de los molinos para dejar volar las alas de nuestra imaginación.

Frente a un maestro de este tipo, nos vemos todos obligados a hacer un juramento de fidelidad. Son muchos los calificativos que le van como artista: prolífico, colorista, silencioso, anónimo, sedentario, humanista, mordaz, socialista, político, soñador, revolucionario y tantos más. Pero sin vueltas ni piruetas Guillermo Muriel es simple en el más noble sentido del término. Simple. Sin ninguna intención didáctica ni populista, su búsqueda es la de una representación político-artística, sin idea de provecho personal ni de reclutamiento.

Al sacar a la luz como nunca antes una parte significativa de su trabajo, sabemos que de alguna manera profanamos un silencio creativo celosamente guardado a lo largo de muchos años. Estamos conscientes de que haciéndolo quizás violamos su actitud intimista, pero muy a su pesar, también estamos convencidos de que éste, su entrañable y queridísimo país, se lo merece.

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