CCE

CASA DE LA CULTURA ECUATORIANA

Si no podemos ser una potencia militar y económica, podemos ser una potencia cultural nutrida de nuestras más ricas tradiciones

Benjamín Carrión

Ecuador, martes 19 de septiembre del 2017

Publicaciones Casa de la Cultura Ecuatoriana

Cuentos reunidos

En Cinco escritores hispanoamericanos (UNAM, México D.F., 1958)'', Sergio Fernández señala:

Si se tuviera que definir la literatura de Enrique Gil Gilbert en términos pictóricos, tendría que recurrirse, aunque la comparación es válida solo en un aspecto, a la pintura de Rousseau. Nada habría que en un cierto sentido se acercara tanto al lenguaje cortado, preciso, manifiesto, y al mismo tiempo rico en alegorías naturales, de novelistas y cuentistas ecuatorianos.

En El duro oficio (Municipio de Quito, Quito, 1989), Alfredo Pareja Diezcanseco puntualiza, por su parte: «De los cinco (del grupo de Guayaquil), él poseía el don de escribir preciosamente: ahí está, además de Nuestro pan, Los relatos de Emmanuel, que es una obra maestra». Y añade que era (...) «un escritor de los mejores dotados en nuestro país». La mirada de Sergio Fernández sobre Enrique Gil es lúcida, también la de Alfredo Pareja, en cuanto a lo de ser extraordinariamente dotado para la escritura.

De acuerdo con esto, me parece oportuno citar aquí algo de lo que observa Fernando Alegría en Nueva historia de la novela hispanoamericana (Hanover, N,H. USA, 1986), sobre este narrador guayaquileño. Dice:
El poder de Gil Gilbert está en su propia voluntad de luchar que se identifica con el drama de sus héroes. La ternura, un claro sentido poético y una visión humanitaria de los problemas de su tierra, le permite salvar los escollos acostumbrados de la novela social y regionalista, y alcanzar vasta resonancia. Sus relatos breves son igualmente maestros: Yunga (1933) y Los relatos de Emmanuel (1939) exploran la condición de miseria y de injusticia del pueblo ecuatoriano y de ello la protesta emerge con naturalidad, sin visos de consigna, con el aliento genuino de la obra de arte.

Nacido en 1912, en Guayaquil, Enrique Gil Gilbert murió en la misma ciudad, en 1973, víctima de una afección cardiaca. Su primer libro data de 1930, cuando publicó —en colaboración con Aguilera Malta y Gallegos Lara— Los que se van, un volumen de cuentos que es básico para la entrada de la narrativa ecuatoriana a la modernidad. En 1933 apareció Yunga, otro conjunto de narraciones cortas, en 1939 Los relatos de Emmanuel. En 1940 obtuvo el segundo lugar —después de El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría— en el Primer Concurso de Novelas Inéditas Latinoamericanas convocado por Editorial Farrar & Rinehart, de Nueva York, con Nuestro pan. Sobre este certamen, Pareja Diezcanseco dice (op. cit.):

Enrique Gil acabó de prisa Nuestro pan y me dijo no, carajo, no me vas a dejar solo a mí. Joaquín Gallegos todavía no escribía novelas. Demetrio Aguilera sí concurrió. Me senté a la máquina y en cuatro meses, para alcanzar al concurso, terminé Las tres ratas. El primer premio le dieron a Enrique Gil, con justísima razón. Y el segundo a mí.
La novela seguramente se me frustró por la velocidad con que la trabajé.


Aunque el dato es interesante, en especial porque evidencia la solidaridad y los lazos afectivos de los integrantes del Grupo de Guayaquil, resulta incuestionable que la memoria de Alfredo Pareja fallaba o la ignorancia del periodista que lo entrevistó es suprema (esto es lo más factible, puesto que el entrevistador ha incurrido en erro-res parecidos en otras oportunidades), ya que elimina al ganador del certamen, Ciro Alegría, y altera el orden en que quedaron los concursantes. Al margen de lo anterior, cabe señalar que Nuestro pan apareció en Guayaquil, en 1942 (Las tres ratas, en Buenos Aires, en 1944: fue llevada al cine por los Estudios San Miguel en la misma ciudad); Nuestro pan fue traducida al inglés y publicada en Estados Unidos en 1943, después al checo (1951) y finalmente al alemán (1954).

En 1967 se publicó el que sería el último libro narrativo de Enrique Gil: La cabeza de un niño en un tacho de basura. Tanto en Nuestro pan como en Los relatos de Emmanuel, Gil Gilbert muestra (más en el segundo que en el primer título mencionado) formas expresivas que lo sitúan en el lenguaje metafórico, en contraposición al lenguaje metonímico, tradicionalmente considerado como más idóneo para la narrativa. En otras palabras: utiliza ordenaciones paradigmáticas e integrativas en los dos libros, no se limita solo a lo distribucional y sintagmático, que hace prevalecer la historia o fábula (diégesis) sobre los otros elementos del discurso y es lo que caracterizó al realismo ecuatoriano en sus inicios.

Esto se debe, sin duda, a la fecha de publicación de Los relatos de Emmanuel (1939) y de Nuestro pan (1942), lo que nos permite señalar otra característica importante de ambos textos: la de marcar el inicio de la transición del realismo social de los comienzos —cerrado y lineal, de poco espesor— a un realismo más abierto y complejo, de resonancias más profundas, junto a Hombres sin tiempo (1941), de Pareja Diezcanseco, y Juyungo (1943), de Adalberto Ortiz. Los que se van, cuentos del cholo y el montuvio (Zea y Paladines, Guayaquil, 1930) reúne 24 cuentos de tres autores —Demetrio Aguilera Malta, Joaquín Gallegos Lara y Enrique Gil Gilbert—, y es, como sabemos, un libro capital de nuestra literatura.

Los ocho de Gil Gilbert —'El malo', 'Por guardar el secreto', `La blanca de los ojos color de luna', ' ¡Lo que son las cosas!', 'Juan der Diablo', 'Montaña adentro', `Tren' y `Mardecido llanto'—, con sus características personales, comparten los rasgos literarios de sus compañeros: cercanía atenuada (muy atenuada, en realidad) al realismo socialista, crudeza y audacia en las secuencias narradas, respeto del habla popular, transgresión propositivo de lo 'castizo', y una especie de reivindicación de las llamadas 'malas palabras', a las que el moralismo de lo canónico escamoteaba su verdadera dimensión.

No someterse al esquema didascálico del realismo socialista y centrarse en las circunstancias individuales del habitante del agro costeño, hace que Jorge .Enrique Adoum, en Narradores ecuatorianos del 30 (Biblioteca Ayacucho No. 85, Caracas, 1980) opine, con sobrada razón, que «resulta curioso (...) que el libro con que se inicia un considerable periodo de una literatura confesa de 'denuncia y protesta' (fue Cuadra quien la bautizó así y utilizó insistentemente esa expresión) no denuncie nada y, por lo mismo, no proteste», pero reconozca que es el lenguaje «nuevo, descarado, insolente, incluso terrorista (...) contra la forma académica y el colonialismo lingüístico, lo que Los que se van aporta al nuevo relato» y que la «adhesión» a ese lenguaje es «prácticamente un manifiesto», una «clara» (manifiesto significa claro) toma de posición, enfatizaría yo, una denuncia y una protesta eficazmente sugeridas y sin subordinar lo estético a ningún otro tipo de funcionalidad.

En La literatura ecuatoriana en los últimos 30 años, 1950-1980 (El Conejo/ Hoy, Quito, 1983), Alejandro Moreano coincide con Adoum al señalar que «frente al lenguaje castizo de la literatura colonial y decimonónica, la generación del 30 propició la producción de un lenguaje natural y popular, a partir de la recreación del hablar del pueblo», es decir, imponiendo la lengua del desprestigio sobre la lengua del prestigio, según la terminología usada por el lingüista peruano Alberto Escobar en su libro Lenguaje y discriminación social en América Latina (Milla Batres, Lima, 1972).

Yunga (Editorial Trópico, Guayaquil, 1933) consta de cinco cuentos, escritos entre 1931 y 1932, en Chojampe, Guayaquil y Riobamba. No muestra mayor evolución formal respecto a los publicados en Los que se van, pero sí cambios temáticos. Por ejemplo, aquí aparece la relación trabajadores patronos, incluso la presencia de patronos extranjeros. Por otro lado, la gente de sus historias ya no son solo montuvios sino también serranos, negros y gringos. En uno de estos textos, `El negro Santander', el personaje protagónico es un trabajador traído de Jamaica —allí los enganchaban, como también en la Sierra y en Esmeraldas— para la construcción del ferrocarril Guayaquil-Quito, especialmente para el tramo conocido como la Nariz del Diablo. Por ahí trajinan, además, gringos, uno que otro de ellos también trabajador. El mundo de Gil Gilbert, por lo tanto, se amplía en estos relatos —aunque su técnica narrativa se mantenga sin mayores cambios— cuyos títulos son, junto a 'El negro Santander', 'Los hijos', 'La deuda', 'El niño' y 'El puro de ño Juan'.

Si bien Yunga enseña un realismo de la mejor ley, con tantas y excelentes virtudes como Horno, de De la Cuadra, o El muelle, de Pareja, es en la novela breve Los relatos de Emmanuel (Editorial Noticia, Guayaquil, 1939) que Enrique Gil da un salto cualitativo excepcional, a tal extremo que es, sin duda, una pequeña obra maestra, inscrita en una modernidad, en un espesor narrativo tan limpio y escueto que podría equiparársela, con las debidas proporciones, a El extranjero, de Camus, publicada en 1942.

Para mí, es lo mejor de todo lo escrito por Gil Gilbert. Al respecto, Benjamín Carrión escribió que Los relatos de Emmanuel constituyen «un tema universal de realización perfecta» en el que su autor, «además de las cualidades objetivas, externas (...), nos revela su capacidad de entrarse por los caminos del dolor interno de los hombres» y que «recuerda al William Saroyan de La comedia humana» (libro de cuya publicación en castellano data de 1942); también Alfredo Pareja Diezcanseco opinó que Los relatos de Emmanuel es «una obra maestra».

En 1976, tres años después de su muerte, la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de Guayas lanzó, en su colección Letras del Ecuador, una edición de Yunga con un cuento más, 'De por qué el perro tiene la lengua muy larga y el lagarto la tiene corta', texto que está fechado 1966, en Guayaquil, y forma parte de La cabeza de un niño en un tacho de basura (Editorial Claridad, Guayaquil, 1967).

Este libro último, integrado por 'El malo', procedente de Los que se van, y unos cuantos textos nuevos, muy poco o nada agrada a la narrativa de Gil Gilbert y aun conservando sus virtudes naturales —capacidad descriptiva, colorido intenso y musicalidad—, muestra en demasía su militancia política, cae en las consignas y, a ratos, hasta en lo panfletario. Estos últimos cuentos que escribiera Enrique Gil, todos fechados en Guayaquil, son: 'El camión'(1962),`De por qué el perro tiene la lengua muy larga y el lagarto la tiene corta'(1966),`Dos niños jugaron al racimo de guineo'(1966), 'Una pesadilla del señor Alcalde, nada más'(1962- I 967) y 'La cabeza de un niño de un tacho de basura'(1967).

Es doloroso comprobar que después del 1942, fecha de la aparición de Nuestro pan, Enrique Gil Gilbert, tan bien dotado para narrar, solo publicó La cabeza de un niño en un tacho de basura, en 1967, esto es, con un lapso de veinticinco años entre ambos libros, y anunció, desde antes de 1950, una novela que nunca se editó ni se han encontrado los originales: La historia de una inmensa piel de cocodrilo, tan «inmensa» como La cordillera, de Rulfo que, igualmente, jamás se publicó. Al parecer, para desgracia de sus lectores, a Gil Gilbert se (o devoró la política, tanto como a Rulfo el alcohol.

Habría que darle la razón, entonces, a Alfredo Pareja quien en El duro oficio opina que con la militancia de Gil Gilbert «no ganó mucho el Partido Comunista y la literatura perdió un escritor (...)», un escritor, agrego, cuya obra queda, como la de Rulfo, entre las más valiosas de sus coetáneos, y quién sabe qué nos hubiera dado si no abandonaba la escritura en 1942 para recuperarla, de manera débil y salteada, veinticinco años después y solo seis antes de su muerte.

Miguel Donoso Pareja

 

[Colección: Varios - Materia: Cuento - Libro - Formato: 24 x 17 - ISBN: 9789978627853 - Fecha: 2014/11 - Páginas: 203 - Precio: 20 - Editorial: Pedro Jorge Vera - Sede Nacional - Quito]


Enrique Gil Gilbert

(Guayaquil, 1912 - 1973) Narrador ecuatoriano, representante del realismo social y el miembro más joven del llamado Grupo de Guayaquil. Tuvo una intensa vida política y catedrática. Perteneció al partido comunista, fue parlamentario y, debido a sus planteamientos ideológicos, sufrió prisión y destierro. Fue uno de los coautores de Los que se van (1930), un título que sería decisivo en la evolución de la narrativa nacional.

Lo más importante de su trabajo se encuentra en los cuentos, especialmente en Relatos de Emmanuel, de 1939, cuyo principal rasgo es la economía de lenguaje que en ellos alcanza. Ubicado claramente en una propuesta de estilo realista y socialmente comprometida, su escritura tiene el mérito de integrar el habla popular a la estructura literaria. Como otros de su generación, intentó interpretar las voces de los desposeídos, y por ejemplo la construcción del Ferrocarril transandino fue objeto de su narrativa. En 1942 publicó Nuestro pan, novela de carácter urbano en la que investiga sobre la unidad del tiempo y propone la necesidad de fragmentarlo para conseguir exponer la verdad histórica.
 

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