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CASA DE LA CULTURA ECUATORIANA

Si no podemos ser una potencia militar y económica, podemos ser una potencia cultural nutrida de nuestras más ricas tradiciones

Benjamín Carrión

Ecuador, viernes 22 de septiembre del 2017

Publicaciones Casa de la Cultura Ecuatoriana

Encuentro de intelectuales Estado y Cultura 1

Hablarle claro al poder

Voy a continuar hablando de la especialización y el profesionalismo y de cómo el intelectual afronta la cuestión del poder y la autoridad. A mediados de la década de 1960, poco antes de que la oposición a la guerra de Vietnam se convirtiera en un fenómeno ruidoso y generalizado, se me acercó un estudiante sin graduar pero que parecía tener ya cierta edad para que lo aceptase en un seminario de admisión limita-da de la Universidad de Columbia. Entre otras cosas, me dijo que era un veterano de guerra, y que concretamente había servido en la fuerza aérea. A través de la charla que mantuvimos, me ofreció una visión fascinadoramente espectral de la mentalidad del profesional —en este caso un maduro piloto—, cuyo vocabulario para referirse a su trabajo podríamos calificar de "insidioso".

Nunca olvidaré el impacto que me produjo que respondiese a mi insistente pregunta "¿Qué hacía usted en concreto en la fuerza aérea?" diciendo: "¡Adquisición de blanco!"


Necesité varios minutos más para comprender que se trataba de un bombardero cuya misión era, naturalmente, bombardear, pero que él había cubierto dicha misión con un lenguaje profesional que en cierto sentido pretendía excluir y mistificar las indagaciones demasiado directas de alguien del todo extraño a su ámbito de piloto militar. De hecho, lo acepté en el seminario plenamente consciente: tal vez porque pensaba que podría observarlo de cerca y, como un incentivo añadido, persuadirlo para que destilase aquella espantosa jerga. "¡Adquisición de blanco!", sí. De una forma más coherente y fundamentada, personal-mente pienso que los intelectuales que están próximos a la formulación de la política y pueden controlar patronazgos que dan o quitan empleos, sueldos y promociones tienden a estar al acecho de los individuos que no se someten profesionalmente y ante los ojos de sus superiores empiezan a transpirar de modo gradual un aire de controversia y no cooperación.

Resulta, por lo demás, del todo comprensible que, si quieres que te hagan un trabajo —digamos que tú y tu equipo tenéis que presentar al Departamento de Estado o al Ministerio de Asuntos Exteriores un informe político sobre Bosnia la próxima semana—, necesitas rodearte de personas leales, que compartan las mismas convicciones y hablen el mismo lenguaje. Siempre he tenido la sensación de que, para un intelectual que representa los tipos de cosas que yo he tratado en estas conferencias, el hecho de encontrarse en esa postura profesional, donde tu tarea consiste principalmente en repartir y ganar recompensas del poder, no es el mejor incentivo para el ejercicio de ese espíritu crítico y relativamente independiente de análisis y de juicio que, desde mi punto de vista, debe ser la contribución del intelectual.

En otras palabras, propiamente hablando, el intelectual no es funcionario ni un empleado entregado a los objetivos políticos de un gobierno o corporación importante, o ni siquiera de un gremio de profesionales de igual parecer. En tales situaciones, las tentaciones de prescidir del propio sentido moral, o de pensar enteramente desde dentro de la especialidad, o de circunscribir el escepticismo en favor de la conformidad, son realmente demasiado grandes para cerrar los ojos ante ellas.

Muchos intelectuales sucumben de lleno a esas tentaciones, y hasta cierto punto todos lo hacemos. Nadie se apoya del todo en los propios recursos, ni siquiera el más libre de los espíritus libres. Ya he sugerido en la conferencia anterior que un buen método para mantener una relativa independencia intelectual sería actuar con la actitud del amateur y no como el profesional. Pero por un momento vamos a tratar de ser prácticos y personales. En primer lugar, actuar como un amateur significa escoger los riesgos y los resultados in-ciertos de la esfera pública —una conferencia, un libro o un artículo que circulen sin trabas— por encima del espacio cómplice controlado por expertos y profesionales.

Durante los dos últimos años, diversos medios de comunicación me han pedido con insistencia que aceptase el cargo de asesor asalariado. Lo he rechazado siempre, simplemente porque ello supondría verme confinado a una cadena de televisión o a un periódico, y por lo tanto confinado también al lenguaje político y al marco conceptual al uso en ese ámbito. De manera parecida, nunca me han interesa-do los asesoramientos en relación con o para el gobierno, donde no tienes la menor idea del uso que más tarde se hará de tus informaciones. En segundo lugar, transmitir conocimiento directamente por unos honorarios es muy diferente si una universidad te pide que des una conferencia pública o si se te invita a hablar únicamente ante un reducido y cerrado círculo de funcionarios. Como esto lo he tenido muy claro, siempre he aceptado con gusto las conferencias en universidades, y también siempre he declinado otras invitaciones. En tercer lugar, y con res-pecto a asuntos más estrictamente políticos, siempre que un grupo palestino me ha pedido ayuda, o una universidad sudafricana que hable contra el apartheid y en favor de la libertad académica, he aceptado.

[Colección: Varios - Materia: Ciencias sociales - Libro - Formato: 21x15 - Fecha: 2015/03 - Páginas: 82 - Editorial: Pedro Jorge Vera - Sede Nacional - Quito]


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Una casa del tamaño de un país

El gran José Martí creía que la historia del hombre podía ser contada por sus casas. Sí, porque la dialéctica de la vida, el comportamiento social, las vicisitudes humanas, se reflejan en la casa. Más aún si esta casa es tan grande como un país, si es tan sabia como el abuelo, si es tan generosa como la madre. Esta exposición, que también es una casa, porque una casa es quien la habita, abre sus puertas históricas, recoge los pasos del pensamiento ecuatoriano, abre ventanas, prende luces, inserta grafías, para que entre el mundo y se entere de que por su interior, aún gravita y se agita la libertad, la creatividad, la utopía, ese sueño de una democracia sin fin, esos hombres y mujeres que enriquecieron la cultura, que dignificaron las luchas libertarias, que agitaron la idea de volver a tener patria, cuando ésta fue humillada y ofendida, no por un pueblo hermano, sino por los sicarios de oligarcas y de guerras.

«Nadie es la patria, pero todos lo somos», dice Borges, y de la misma mane-ra creemos que nadie es la cultura pero todos lo somos. La cultura es a la patria como la madre al hijo, su protección y su abrigo, por eso en una sociedad no reina el juez, sino el creador, y es ese creador, hombre y mujer, joven y niño, el que alienta estas fotografías. Fotos recogidas con amor, con respeto, para dejar marca-do el camino de setenta años, el camino que el pensador, el artista, el músico, el teatrero, el poeta, el sabio han hecho al andar las tortuosas calles de la vida. Hoy, al cumplir un aniversario más de esta Casa de sueños, como lo dije algún momento, ya se está regando la voz de que es una Nueva Casa, una Casa renovada, un espacio público descentralizado, democrático, incluyente, cuyo mensaje se replica en los 23 Núcleos Provinciales de cada rincón de la patria, es decir, donde trabajamos todos, colectivamente, a fin de inventar las condiciones necesarias para que surjan los miles de artistas que deambulan con su maravilla oculta, invisibilizados por una sociedad alienante, cruzada infamemente por el espectáculo mediocre, por las burdas aspiraciones del mercado del entretenimiento, por los grotescos prototipos de comportamiento que no nos pertenecen. La cultura, sí, esa cultura como la expresión más rica y sabia del pueblo es la esencia viva y permanente de la convivencia humana, de la relación que establecemos con el otro, con la naturaleza y con las expresiones de la sensibilidad y del espíritu revolucionario, porque pensamos, junto a Brecht, que nuestro país, cualquier país, necesita de la cultura, del arte, para hacer practicable lo que políticamente es justo. El ser humano, antes de todo. Esa es la consigna ahora, el ser humano antes del capital. Es decir, no una cultura del espectáculo, sino una política cultural que dignifique, aliente, proteja al artista auténtico, al artista diverso, a la rica expresión multicultural e intercultural. No necesitamos una persona, sino una personalidad colectiva, porque la interculturalidad es una sociedad integrada. Es disfrutar y aceptar distintas formas de saberes, integrarnos con nuestros propios saberes. La cultura está. La cultura no muere; se lleva en las venas. La interculturalidad es una forma de vida y de respeto al otro. No hay culturas mejores o peores. Todas son reales, diferentes, dialécticas, necesarias. Apreciar entonces estas fotos, porque aquí está el milagro y el testimonio de cuál es el camino que se recorre a fin de educar para ser y no educar para tener. Porque primero hay que enriquecer la sensibilidad, el corazón, para que el cono-cimiento sea fuente de solidaridad y respeto a los demás. Ya lo decía Neruda: "mis deberes caminan con mi canto", los nuestros también.

Raúl Pérez Torres Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana

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