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CASA DE LA CULTURA ECUATORIANA

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Benjamín Carrión

Ecuador, viernes 22 de septiembre del 2017

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Sembradora de lluvia

La voz poética de Matilde Aguilar

La voz poética de Matilde Aguilar recuerda las fulguraciones y evanescencias de una palabra que busca los resquicios de la realidad para abrir hendiduras profundas, que recuerdan que lo Real es apenas una experiencia fugaz que necesita deconstruirse con el escalpelo de la lucidez. La poesía es un acto heroico de lucidez y esta siempre es cruel. Por ello las metáforas a veces necesitan extremarse a sí mismas, necesitan ese compromiso con la palabra militante con la vida, con el sueño y con el delirio. Matilde Aguilar abrió esa caja de Pandora de las palabras pero, a diferencia del mito, nunca encontró la esperanza, quizá porque sabía que en un mundo tan desgarrado de realidad la esperanza es apenas un simulacro del poder.

Por ello en su poesía hay metáforas rabiosas, quizá porque no había otra posibilidad; quizá también porque en su voz poética palpita desde el fondo de su sensibilidad esa necesidad de militancia que nunca permitió términos medios. Y quizá porque al final de la lucidez siempre espera la locura.

Esas palabras que rasgan la realidad y que emergen desde la voz poética nos ayuden a comprender el desierto de lo Real. La poesía de Matilde Aguilar se instila en los intersticios del mundo. Lo recorre lúcidamente. Lo atestigua en su horror, en su simulación, pero también en su compromiso, en su militancia. Quizá la poesía sea ese espejo deforme que el rostro de la Medusa necesita para no convertirse en piedra.

Una poesía subterránea, que recuerda a Jaime Sáenz, a Leónidas Lamborghini. Una poesía que no busca respuestas. Que reclama a la vida, al dolor, al horror y al amor. Que no transige con intimismo alguno. Que fractura las consistencias de lo visible. A veces me recuerda al Pessoa del desasosiego, que encuentra el absoluto en una banal fotografía de almanaque, pero a veces deja de ser Pessoa y se convierte en Álvaro de Campos y su voz nítida y transparente.

Pero hay en los versos de Matilde Aguilar una fuerza que nos per-mite escapar de la metafísica de lo real. Una fuerza que apela a la militancia con la vida. Curiosa ruptura entre la realidad en cuanto realidad y la vida en cuanto sueño, locura, pasión. Poesía desde la matriz fundamental de la vida. Desde la sangre. Desde el dolor profundo de ser madre, mujer, compañera, militante. Es también esa confabulación que tejen las palabras con la historia, con esa historia que se escribe con minúsculas porque los derrotados aún no han conseguido el derecho a escribir su memoria. En la poesía de Matilde Aguilar hay una apelación a las mujeres olvidadas e invisibilizadas por el poder. Son las guarichas: la guaricha Felicia, la guaricha Manuela. Son, como lo expresa de forma tan bella Matilde Aguilar: las "Adanas" del universo. Las que tejieron el mundo desde la sombra del poder: "guaricuna", "guariflor", "guarimama". Hermosa manera de pronunciar ese tejido de complicidades, ternuras, pasión, compasión y también dolor, que nace desde el vientre de una mujer. Pero también es rebeldía: "nos mataron el amor en la mitad del DÍA". Esa constatación de que apenas somos fugaces como la memoria de la piedra.

Sin embargo, creo que también habría que hacer referencia al contexto en el cual fueron escritos esos poemas. Matilde Aguilar fue testigo lúcido de una época que creyó, ingenuamente, que las respuestas cabían en las preguntas. Y pienso que uno de los aspectos más importantes a resaltar de esa voz poética es esa militancia como crítica social, como compromiso, que nos recuerda en algo a Maiakovsky.

Pero acerquémonos más a la poesía de Matilde Aguilar. Constatemos esas figuras literarias que se tejen desde su voz poética: "las hormigas siguen laborando/ fabricando amor para los hombres" cuando se pronuncia en homenaje a las prostitutas; 'Abro el cuaderno de las Historias/ y de ella caen gotas de vida/ Felicia/ Manuela/ Venancia . . ." cuando habla de las mujeres guerreras que hicieron historia sin permiso de los hombres; "Dios hizo al hombre/ a su imagen y semejanza/ pero cuando quiso modelar/ a la mujer/ la arcilla se desmoronó/ de sus manos" cuando cuestiona a la metafísica de la creación; "la que se vació de llantos y confeccionó/ una carcajada grande . . . y voló desnuda porque había que inventar/ el mundo" cuando metaforiza a Eva; "Quién soy?/ La chica celeste/ La mujer floripondio .../ La ladina lunática abusada/ piadosa bruja sexy/ santa virgen puta", cuando rasga esa asignación fácil, ese discurso de un feminismo banal, y lo incorpora al interior de una veta crítica en la cual la liberación de la mujer, por el mismo hecho que es un acto político también es un acto poético.

La poesía, aquella que rasga al poder, aquella que rasga la verdad del poder, siempre es subversiva. Es rebelde. Esa veta de rebeldía palpita en cada verso de Matilde Aguilar. Es la ecfonesis de la emoción intensa que como un ethos que recorre cada verso, cada palabra. Quizá ahí también radique su belleza. Pero están también esas preguntas que nos hacemos desde el fondo de la sangre a la vida, al futuro, al amor. Esas preguntas fundamentales que nos constatan y que a veces nos hacen decir: "La muerte se suicida a mis pies".

Esa búsqueda al fondo de la tierra ("el huaquero llora/ no por sus manos heridas/ sino por su propia ausencia') para no encontrar nada, quizá porque nunca hubo nada que no sea la búsqueda incesante. Esa identidad que nace desde la leyenda ("hoy conocí el tamaño del miedo'), del dolor ("Si el dolor tuviera espinas/ faltarían rosas') y que se prolonga en una lucidez que recuerda a Lamborghini ("¿Quién dijo que el amor es gozo/ y no una tiranía sofisticada?"). Esa apelación a la militancia radical ("Parece que ha llegado/ el momento/ de ser heroicos furibundos para que en algún momento llegue la parusía de la revolución ("habrá un pueblo a manos llenas').

Una poesía que nace en un momento difícil, cuando las preguntas rebasan a las respuestas. Cuando el mundo se ha perdido en el laberinto de sus propias impostaciones. Cuando la ironía de la historia se viste de cinismo y arrepentimiento, de crueldad y violencia ("Los peces nadan en sangre/ Jesús: quítate el calzado'). Cuando la militancia se transige y se negocia. Ahí se instila esa voz casi anónima, desde los subterráneos de la memoria para cuestionar, para ser premonición  y advertencia (A veces amanecen/ pájaros negros en la/ memoria de los días"), pero también para "descongelar tu risa incinerada" y provocar un juego de imágenes lúdicas y lúcidas. Jugando con oxímorons, con antipáforas, con erotemas, la voz poética despliega una confesión que emociona, que enternece, que estremece, que conmueve y que recuerda a Storni en su momento final: "Creo que estoy llorando/ pero " finjo escribir un poema .
 

[Colección: Varios - Materia: Poesía - Libro - Formato: 21x15 - ISBN: 9789978628058 - Fecha: 2015/04 - Páginas: 80 - Editorial: Pedro Jorge Vera - Sede Nacional - Quito]


Matilde Aguilar

Nace en Tulcán, provincia del Carchi, el 10 de noviembre de 1940, luego se traslada a Quito con su familia y estudia Ciencias de la Educación en el Colegio Manuela Cañizares, ejerce su profesión como profesora normalista. Luego obtiene un diplomado en el curso abierto de Literatura Contemporánea, dictado por Universidad Andina Simón Bolívar. Continúa después Cursos de Literatura, en el Taller de Literatura en la Flacso. Ha participado con Poemario en Casa de las Américas, La Habana, Cuba, en el año 1983. También participó con Poemario en el concurso 'Aurelio Espinosa Pólit' en 1996. Se le ha publicado poemas en la Revista del Banco Central del Ecuador. En el Área de la Mujer de la Casa de la Cultura Ecuatoriana obtuvo el Primer Premio Nacional de Poesía 'Amigos de la Naturaleza' y `Francisco Campos'.

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