Carola Cabrera: “Ser feminista, en un medio profundamente machista, es estar casi siempre al borde de la agresión”


Educación. Carola Cabrera tiene un magíster en Población y Desarrollo Local Sustentable de la Universidad de Guayaquil.
Guayas, viernes 31 de julio del 2020
    

Socióloga y magíster en Población y Desarrollo Local Sustentable, la guayaquileña Carola Catalina Beatriz Cabrera Villón desde su gestión como Coordinadora General del Proyecto “Derechos desde el inicio”, en el Centro Ecuatoriano para la Promoción y Acción de la Mujer (Cepam-Guayaquil), desea contribuir en la construcción de un mundo habitable para todos.

 

Por: Mgtr. Flor Layedra Torres, editora.

Pasando un pequeño jardín, acompañada del trinar de los pájaros y alejada del mundanal ruido, Carola Cabrera, con dos pañuelos, uno verde y otro morado, en sus muñecas, nos recibió en su nueva residencia, ubicada en el norte de Guayaquil. Hace poco, después del confinamiento obligatorio que vivió el país, a causa del virus Covid-19, Cabrera decidió abandonar el centro de la urbe porteña, por un sitio apacible y que la acerque a lo que ella denomina “los sonidos de la montaña”. Con ella hablaremos sobre su transitar en el feminismo.

Carola, ¿en qué momento de su vida, usted decidió ser feminista? ¿Por qué?

Me parece que lo mío fue un proceso, no quiero situarlo en un momento específico... Recuerdo cuando tenía entre 9 y 12 años, me fascinaba la literatura universal, pero en versión ilustrada, cómics; y fue ahí donde conocí el cuento clásico Las mil y una noches; era una de las obras a las que siempre retornaba, pues me negaba a aceptar que alguien pudiera casarse y al siguiente día mandar a asesinar a su esposa; quizá volvía con la esperanza de encontrar otra narrativa. Me parece que ese fue el inicio de mi indignación, también, los primeros vientos hacia una comprensión de que el mundo andaba al revés y de que las mujeres no nacimos para ser esclavas ni devotas ni que, en nombre del amor, nos violenten y nos maten, solo por el hecho de ser mujeres.

¿Cuáles fueron sus primeros cuestionamientos?

Mis primeros cuestionamientos se dieron en torno al maltrato que sufrí en la escuela. Mi mente y mi cuerpo siempre lo rechazaron; tenía pesadillas, me negaba a ir a clases. Yo no fui al preescolar, sino directamente a primer grado. Mi primera profesora fue una señora que ejercía una violencia brutal sobre los estudiantes, pero el profesor de segundo grado era mucho peor; todos los días escuchaba los gritos aterrados de las niñas y de los niños cuando eran masacrados. Un día  que salía del baño, observé cómo este profesor, golpeaba con una correa a una niña, tenía su rostro rojo y le gritaba. Años después supe que, cuando yo estaba en la escuela, este señor había sido dirigente de la UNE (Unión Nacional de Educadores) y luego fue elegido diputado del Congreso; él empezó en el CFP, Concentración de Fuerzas Populares, que en aquel entonces tenía como líder a  Assad Bucaram y después se cambió de camiseta,  se fue al partido Democracia Popular y siendo político asesinó a un excolega del Congreso. Actualmente tiene una tribuna en una radio, donde cuestiona, a gritos, la corrupción.

¿Quién es?

Julio Ayala Serra.

¿Cómo ve ahora a este hombre que ejerció violencia a menores?

Este macho misógino, para mí, constituye una de las evidencias de cómo el patriarcado mantiene una alianza inquebrantable con el poder político que naturaliza la violencia y a su vez es uno de sus mayores instrumentos para perennizar el poder de unos pocos sobre el de la gran mayoría; en esa mayoría estamos las niñas, los niños y las mujeres.

¿Cómo fue su transitar por el colegio?

Verás… desde temprana edad me cuestioné los roles tradicionales asignados a las mujeres: en la casa, en el colegio, en los deportes... Así que, me dediqué a meter mis narices en todo lo que pude.  Ingresé a la liga deportiva estudiantil, practiqué atletismo, entre otros. En el 78 inicié el colegio, cuando Ecuador aún estaba en manos de la dictadura militar, y me involucré en las actividades juveniles de lucha por las plataformas estudiantiles, que eran parte de los procesos de reivindicación social y de las demandas para el retorno a la democracia. Luego, cuando expulsaron a los dirigentes estudiantiles, todos hombres, fui parte del grupo de mujeres que se enfrentó a quienes estaban dedicados a desmantelar la organización estudiantil, hasta que me gradué.

¿En su casa, la realidad fue distinta?

En mi familia somos cuatro mujeres y seis hombres, soy la número ocho.  Mis primeros cuestionamientos fueron sobre los privilegios que tenían mis hermanos y el poder que asumían sobre nosotras. Siempre me negué a subordinarme a ese poder, por ello fui agredida. Recuerdo que mi mayor deseo era cumplir 18 años; en aquel entonces, la Constitución, a esa edad, te reconocía como ciudadana y ciudadano; antes de ello, eras considerada propiedad de tu familia y la sociedad se encargaba de que te sintieras como una esclava.

¿Cuáles fueron sus primeras determinaciones y cambios?

Decidir dónde quería estar y lo que quería hacer. Una de las decisiones que tomé fue salir de la casa de mi familia, a los  23 años. Creo que este fue mi primer quiebre radical con el patriarcado; ahora que lo comento, recuerdo las imágenes de aquel día, pues el haberlo hecho fue un sueño cumplido.

¿Por qué?

En aquel tiempo, era mal visto que una mujer viva sola; de lo primero que te acusaban era de “puta”.  Así que me aguanté los insultos y volé. Quizá por ello, cuando me enteré de que en Quito se iba a realizar la primera marcha denominada “Marcha de las putas”, tomé un avión y marché feliz con mujeres maravillosas, vestidas de negro; caminamos, cantamos y celebramos que éramos capaces de convertir una palabra, con la cual nos oprimían y abusaban, en un nuevo símbolo contestatario y de resistencia.

¿Cómo reaccionó su núcleo familiar al notar sus posturas?

Mientras viví con mi familia, me tocó resistir la violencia psicológica y física de los hombres que la conforman; mi madre se convirtió en mi cómplice y hacía esfuerzos por protegerme y entenderme, aunque le parecía que yo tenía un comportamiento extraño, pero no recuerdo que me haya cuestionado.

¿Alguna vez se sintió menospreciada por su postura feminista?

Si, varias veces, en el pasado; ahora considero que es una prueba superada. Ser feminista, en un medio profundamente machista, donde la violencia contra nosotras está naturalizada, es estar casi siempre al borde de la agresión, es decir, sabes que tu palabra o tus acciones pueden provocar que te excluyan y hasta que te hagan daño social, psicológico o físico. Sin embargo, cuando tomaste la decisión de ser parte de este tejido, empeñado en transformar las relaciones de poder y de dominación sobre nuestras vidas,  no hay marcha atrás.

¿Qué comentarios le han hecho por ser feminista?

Los típicos: feminazi, perra, mujer sin corazón… En las marchas, la Policía me manda a la casa a lavar los platos y la ropa. Yo siempre uso mi pañuelo verde, con el impreso de “aborto libre”, y hay personas que me preguntan qué significa y ante mi respuesta, algunas son agresivas; sin embargo, otras me muestran su solidaridad con la lucha.

¿Qué hizo para que no le afectaran?

No diría que no me afecta, quizá he logrado disminuir el impacto de esas afectaciones.

¿Cómo?

Lo he desplazado del ámbito de lo personal. Cuando alguien agrede verbalmente a una feminista nos debe poner en alerta, pues en algunos casos se trata de alguien que ignora su propia sumisión, pero si esa violencia es institucional, entonces debemos tener la claridad de que se trata de personas interesadas en  perpetuar el poder perverso del patriarcado. Y, a propósito de esta última afirmación, recuerdo entre muchas otras  expresiones dadas por el actual presidente de los EE.UU., quien es toda una institucionalidad para el mundo en referencia a nosotras, al decirnos que “somos cerdos, cochinas, perras…”, ese desprecio no es un acto virulento de este señor, que se conoce que es un depredador sexual, sino una acción que representa a ese poder masculino que tiene el mandato de anularnos como sujetos, como mujeres, como disidencias sexuales.

¿Cómo ve en estos momentos a la sociedad ecuatoriana?

Una sociedad debatiéndose en una profunda crisis política, económica, social, institucional, con un gobierno y con una élite de dueños del poder económico que, en este tiempo de emergencia nacional y mundial, nos han mostrado que su indolencia es crónica; y, que están dispuestos a devastar nuestros derechos y precarizar más las condiciones de vida.

¿En qué forma?

Por ejemplo, la emergencia del covid-19 nos mostró cómo las mujeres fueron las que llevaron sobre sus espaldas la sobrecarga de la pandemia. Su jornada se multiplicó, la violencia contra ellas se mantuvo ahí, en ese lugar que se supone debe ser el más seguro: el hogar. Las brechas salariales se han incrementado. Las condiciones de las trabajadoras del hogar se han precarizado más. Actualmente no se conoce con exactitud, pero muchas mujeres que trabajaron en el servicio doméstico, durante 20, 30 o 40 años, han sido despedidas sin indemnizaciones; ¿qué van a hacer esas mujeres, en este momento, sin jubilación y sin ni ningún tipo de protección social?, muchas son de la tercera edad. De forma más amplia, en torno al empleo y a la seguridad social en general, se habla de más de 200 000 personas despedidas de sus trabajos; se conoce de una reducción agresiva en los cupos de matrícula en las universidades públicas y del desmantelamiento de los presupuestos en la educación básica y en el bachillerato; la lista es interminable. Esta devastación de derechos impacta, pero con mayor intensidad a las mujeres, pues somos quienes sostenemos la vida. 

En cuanto a la violencia, hay una ley…

Se cuenta con una ley orgánica de prevención de la violencia contra las mujeres; sin embargo, su implementación es sumamente incipiente. Este año, el presupuesto asignado disminuyó significativamente; actualmente, se conoce que existe una amenaza de cierre de servicios en las casas de acogida para mujeres y niñas violentadas, porque no cuentan con financiamiento. En 2019, 107 mujeres fueron asesinadas por femicidio. Cuatro de cada 10 niñas son víctimas de abuso y de violencia sexual. Somos el segundo país, en la región, con el mayor número de niñas y adolescentes embarazadas. Y, según investigaciones del UNFHA (Fondo de Población de las Naciones Unidas), por la emergencia del covid-19, los servicios de atención a la salud sexual y reproductiva dejaron de atender, lo cual provocará un incremento alarmante de embarazos no deseados.

Cada vez que llega el 8 de Marzo, los medios de comunicación realizan reportajes en donde prima la visualización de mujeres que están “en trabajos de hombres”. ¿Por qué seguimos considerando ciertos oficios como privativos del sexo masculino?

En el imaginario colectivo aún sigue vigente que “la mujer es débil”, que “la mujer no es competente para…”, que “la mujer es para los trabajos de cuidados”... Por lo tanto, no se ha erradicado ese estereotipo de que existen “trabajos de hombres”, “trabajos de mujeres” y “trabajos de maricas”. Recuerdo que hace poco, un concejal de Quito trató peyorativamente a una médica-científica, pues su machismo no admite que una mujer tenga iguales derechos y oportunidades en materia de logros profesionales. Esta constatación nos convoca a los feminismos a seguir incomodando, agrietando y erosionando ese orden patriarcal.

¿Cómo replanteamos nuestro pensamiento para abrir esos espacios de libertad y de igualdad para las mujeres, como sujetos políticos y dejar de circunscribirlas dentro del ámbito doméstico?

Nosotras lo denominamos deconstrucción. Son múltiples los desafíos; sin embargo, me gusta la invitación que nos hace Rita Segato, ella señala que lo principal es desmontar el mandato de masculinidad, que muy rápidamente se transforma en un mandato de crueldad. Ese mandato tiene como uno de sus objetivos reproducir relaciones basadas en la dominación, relaciones personales, laborales, liderazgos políticos, entre otros. Entonces, en ese flujo, las mujeres seguimos siendo circunscritas a lo que denominas el ámbito doméstico, pues el mandato presupone que ese es nuestro lugar en el mundo y quien no se somete, corre el riesgo de ser aniquilada.

¿Cómo se logra desmontar el mandato de masculinidad?

Posicionando que existe un orden patriarcal, cuyo mandato de masculinidad es real, que no es un invento de las feministas, que hay investigaciones que han demostrado que hay una maquinaria poderosa dedicada a naturalizarlo. Además, es la peor pandemia que azota a la humanidad; sin embargo, ningún país declara cuarentena por ello. Además, mientras dialogamos, han asesinado a varias mujeres, por el hecho de ser mujeres; esto porque la sociedad sigue tolerando el femicidio y no obligamos a nuestros gobiernos a declararlo como emergencia. En el mundo, cada día, mueren alrededor de 137 mujeres a manos de su pareja o de alguien de su familia. En el país, cada 71 horas, un femicida mata a una mujer. Recordemos que el femicidio es el final de toda una historia de violencia y de sumisión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ENTRE NOS

¿Cuál es su autor o autora preferida?

Por este tiempo estoy leyendo a Rita Segato.

 

¿Qué música le gusta escuchar en sus ratos libres?

Música clásica; también amo escuchar salsa.

 

¿Quién es su compositor favorito?

Niccolò Paganini.

 

¿Cuál es su lugar favorito?

La cama, me gusta dormir.

¿Qué le falta por hacer?

Darme la vuelta al mundo en 80 días.

 

¿Tiene algún miedo?

Sí, varios; uno de ellos, la muerte de las y los más jóvenes que amo, que se mueran antes que yo.

 

 

¿Qué país le gustaría visitar?

Quisiera visitar próximamente Vietnam y terminar mi recorrido por territorios de América del Sur; me falta visitar Bolivia y Las Guayanas.

https://bit.ly/3fj4UCK
Fuente: Cuadernos de la Casa 8va. edición, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas

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